Yo estaba convencido de que aquellos hombres eran el motivo de que Navidad hubiese dejado a su hija adoptiva conmigo, y mi intención era engatusarlos con la esperanza de averiguar qué le había ocurrido a mi amigo. Pero mi mente aceptó aquella información e imaginó que volvía a casa un año antes y le contaba mi aventura a Bonnie. Ella había sido la primera persona con la que podía compartir mis pensamientos.

El dolor que llegó con aquella ensoñación casi me destroza. No podía hablar, porque sabía que el sollozo que tenía contenido en el pecho se escaparía con las palabras que pronunciase.

– Señor Rawlins -me pinchó Miles.

Guardé silencio diez segundos más y luego dije:

– ¿Le parece bien que la señorita Tooms se entere de dónde está?

– ¿Le importa?

– Me gusta que la gente le diga a sus amigos que yo he hecho el trabajo que me pagan por hacer, sí.

– No hay problema -dijo el capitán negro-. De hecho, me gustaría conocer a esa Ginny Tooms.

– ¿Y eso?

– Quizá sepa qué ha estado haciendo Black.

– Meterle la polla negra a su hermanita blanca y menor de edad, eso es lo que ha hecho -dije, y Miles se echó a reír de buena gana.

– Yo le daré setenta y cinco dólares como cuota -dijo.

– Me dará trescientos dólares por una semana de trabajo de búsqueda -dije yo-. Ésa es mi tarifa. Y eso es lo que me paga todo el mundo. El Tío Sam no es una excepción.

– Ya le han pagado por esto.

– Trescientos del ala o usted y el general King se pueden ir a freír espárragos.

Yo estaba absolutamente seguro de que Clarence Miles había asesinado a algún hombre con esa mueca torcida en la cara. Se llevó la mano al bolsillo de atrás y sacó una cartera grande, como de secretaria. Contó tres billetes de cien nuevecitos y me los tendió. Entonces supe que andaba en algo ilegal.

Los hombres del gobierno honrados que se ocupan de asuntos oficiales no le dan a la gente billetes de cien dólares. Desde el día en que se fundó, el ejército no ha entregado una cantidad tan elevada sin que fuera acompañada de un montón de papeleo.



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